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EL VALLE DE ZANSKAR

PANIKHAR - RANGDUM 65 KM + 1200 m

Fue hace ya algunos años, paseando como muchas otras veces por la librería Altaïr en Barcelona, que un libro me llamó la atención. Se titulaba Zanskar, reino escondido y remoto. Su autor, Michel Peissel, explicaba como llegó hasta ese valle que permanecía totalmente virgen, un lugar donde el tiempo parecía no transcurrir, donde sus gentes seguían las reglas de la madre naturaleza, un lugar perdido en el Himalaya de belleza superlativa. Posteriormente leí otros libros que acentuaron más aún el magnetismo que sentía por ese lugar.

Atravesarlo significaba una auténtica hazaña, los aventureros que se adentraban por esas tierras estaban expuestos a un total aislamiento, no había modo alguno de entrar y salir del valle si no era durante el invierno, cuando las aguas limpias del río, se congelaban y transformaban en una carretera natural que daba salida al valle.

Conocí y leí algún ciclista intrépido que se adentro por ahí, intercambié correos electrónicos para saber algo más y conocer si era posible hacerlo en bicicleta. Las opiniones eran siempre las mismas, sí que se podía, aunque las condiciones eran muy cambiantes y podías quedar bloqueado por varios motivos, derrumbes de los barrancos que rodeaban las zonas de paso, acumulación de nieve.

Una avería mecánica se presuponía un enorme problema, pero lo que más me comentaron era el pésimo estado de la carretera, bueno yo diría que no llegaba a ser ni una pista forestal, que debido a los severos inviernos bajo la nieve, desaparecía en muchos tramos y en otros, la gran cantidad de enormes piedras, la hacían ciclable pero de manera más que penosa.

Pues todos esos, a priori contratiempos, junto con la belleza del lugar, aislamiento y dureza, eran factores que sumados, daban como resultado la aventura que andaba buscando.

Justo antes de salir una pareja de amigos curiosamente vecinos de comarca, habían pasado por ahí. En su caso las condiciones fueron duras por la nieve acumulada, y ya me adelantaron que efectivamente, el estado de las carreteras, lógicamente sin asfaltar, era muy precario.

Salimos de Panikhar con los ánimos a tope, en busca de los lugares que tanto habíamos visto en fotos y leído, aquellos que en el imaginario personal, se mostraba como un paraíso donde dar rienda suelta al modo aventura, donde todo lo aprendido hay que ponerlo en marcha para avanzar, donde los recursos personales son un bien más que preciado.

Los primeros kilómetros lejos de ser tortuosos, fueron una delicia para los sentidos. Una pista abandonaba paulatinamente Panikhar adentrándose en el valle de Suru, donde los glaciares del Kun y Nun se hacían cada vez más próximos y evidentes. Una pastora que acompañaba cuatro vacas, fue la última persona que vimos y después, nos metimos de lleno en acción.

Transcurridos unos kilómetros, nos encontramos con unas fastidiosas obras. El gobierno indio planea abrir una pista que dará salida al valle, la realidad, es que después de cada invierno, la pista desaparece o queda destrozada por lo que parece algo así como correr en una cinta de gimnasio, por más que hagas, nunca avanzas.

Dejamos atrás el tramo y empezamos a subir por una pista que parecía noble a lo lejos, pero que una vez en ella, se transformaba en un auténtico mar de piedras, que hacían que nuestro avanzar fuese más lento de lo deseado.

Superadas las rampas más fuertes, llegamos a la sección que según el perfil de relieve, se suavizada aunque subía pero de manera progresiva. Y así fue, rodeados de ríos, donde paramos a comer, enormes montañas, y una solitud total, llegamos hasta Rangdum, un asentamiento con 4 casas, a 3657 metros donde encontramos un lugar tipo refugio donde dormir.

El aire era helado, cortaba la piel de los labios y cara. El polvo de la pista por donde ciclamos había resecado aún más nuestras fosas nasales y aparecieron unas pequeñas heridas que al curar, taponaban nuestra nariz dificultando la respiración.

RANGDUM - ABRAN 65 KM + 1200 m

Esta etapa se presuponía como una de las más bonitas ya que cruzaríamos el glaciar del Suru además de tener que subir el Paso de Pensi La, de 4400 m.

Salimos por un terreno plano, después del día de ayer lo que más nos preocupaba era el estado de la pista, los últimos kilómetros que hicimos para llegar a Rangdum, fueron un auténtico patatal, con piedras que te obligaban a no bajar de los 10 km/h para no poner un pie en el suelo. Durante la primera hora, la pista transcurre por un terreno lleno de guijarros enormes, cruce de ríos que por la hora que era, todavía no estaban altos, pero un paisaje superlativo, una gran planicie rodeada de altísimas montañas, una luz brillante que inundaba todo y un cielo azul como nunca.

Estábamos en sintonía con el lugar, el pedaleo se había transformado en una dulce monotonía acompañada por la música que sonaba a través de mis headphones... de repente, me pareció oír a Maria que me gritaba, unos cuantos metros atrás la veía agitar los brazos y parecía gritarme. Me acababa de saltar un control policial, una pequeña cabaña a los pies del Monasterio de Rangdum, había sido habilitada como punto de control. Dimos los pasaportes y nos dieron el ok, com si se tratara de la entrada a un parque temático, un toque surrealista en un lugar así.

Seguimos ahora sí ganando desnivel de forma progresiva alzándonos poco a poco por una pista en buenas condiciones, el Pensi La de 4400 m era sin duda el objetivo más cercano pero el camino hasta la cima del puerto, se transformó en una delicia para los sentidos, se alzaba junto a una planicie que en época de deshielo debe albergar un enorme río, de ancho de varios cientos de metros. En su lugar, un mar de piedras que atravesaban un enorme valle hasta llegar a unas montañas que se perdían en el infinito, montañas cargadas de nieve y que se intuían por encima de los 6000 metros.

Poco a poco el oxígeno desaparecía, no habíamos pedaleado nunca a esa altura pero no sentíamos el más mínimo señal de hipoxia, así que subíamos y subíamos por una preciosa pista hasta que divisamos a lo lejos, las banderas ondeantes que sin duda marcaban la llegada al puerto.

Cada vez que hacíamos un puerto, la satisfacción nos invadía, parábamos y nos abrazábamos como si hubiéramos conseguido una hazaña inimaginable, y en realidad lo era, cargados como íbamos, en ese lugar celestial perdido en medio del Himalaya, solos, con nuestras bicicletas cargadas hasta los topes, éramos los exploradores que habíamos imaginado, nos sentíamos vivos, sentíamos que nuestra vida se llenaba de los que más nos gustaba, la aventura, estar en lugares así, hace que el viaje por si solo sea ya un recuerdo vital que perdurará para siempre.

Después vino una bajada suave pero igualmente bonita, a cada kilómetro que pasaba la sorpresa era mayor, era todo precioso, montañas nos rodeaban por todos lados, cargadas de nieve, glaciares que aparecían por todos lados y paisajes que desaparecían en el infinito, un infinito que hacía que constantemente bajásemos de nuestras bicis para observar lo que nos rodeaba.

Después de unos kilómetros, justo después de una curva, apareció ante nosotros el glaciar del Drang Drung que nos dejó sin palabras, habíamos visto alguna fotografía pero ninguna de ellas hacía justicia a lo que veíamos. Hicimos fotografías, estuvimos un buen rato simplemente mirando, atónitos, magnetizados por el lugar, pero se había levantado un viento fuerte y helado, nos tuvimos que abrigar y nos pusimos en marcha, descendimos hasta el valle que se intuía lleno de piedras, y así era, la pista volvía a ser un infierno, un traqueteo incesante de piedras que, cargados como íbamos, hacían que pedalear fuese algo más que complicado. Cansados, decidimos darnos un descanso, no en vano, nos quedaban todavía 20 km hasta un pueblo que habíamos marcado en el mapa como lugar donde dormir. Nos apartamos de la pista y dejamos nuestras bicicletas sobre el terreno herboso, sacamos unos albaricoques secos, hicimos un te, nos tumbamos un rato a descansar y dejamos que la brisa nos acariciase mientras nuestras mentes sonreían recordando los lugares que acabábamos de cruzar.

Proseguimos la ruta, calculamos un par de horas hasta Abran y fue así... llegamos a media tarde, un pueblo rodeado de altas montañas donde en la entrada divisamos una pequeña tienda donde aprovisionarnos. Comimos y compramos la cena, tomamos un te y nos metimos entre las casa del pueblo buscando un lugar donde acampar. Vimos unos niños que jugaban delante de una casa con una enorme planicie y pensamos que seria un buen lugar para pasar la noche. Sacamos todos los bártulos y empezamos a montar la tienda ante la sorpresa de los niños que nos miraban como si hubieran vista a dos alienígenas. Estuvimos jugando con ellos, su curiosidad no tenía límites, les gustaba todo lo que teníamos, la cocina, el pequeño taburete plegable, la cámara... nos bañamos en un canal herboso que habían construido para aprovisionar la casa de agua, aparecieron los padres, cargados con enormes fardos de hierba a sus espaldas, la abuela, igualmente cargada, el sol fue desplomándose sobre las montañas bañando todo de una luz roja, el paisaje era simplemente maravilloso, estábamos en pleno Zanskar, nuestro sueño estaba delante de nuestros ojos y estábamos felices. Cocinamos unos fideos picantes y de postres unas galletas de chocolate caducada de hacía un par o tres de años. Luego nos fuimos a dormir en medio de un silencio total. El cielo era negro y punteado de millones de estrellas que brillaban como luciérnagas en la noche.

Al día siguiente nos esperaba la ruta hasta Padum, capital del Zanskar y único y último enclave antes de afrontar los últimos 150 km antes de atravesar el Shingo La, el paso que nos haría cruzar la muralla del Himalaya de norte a sur.

El día fue plácido, hacia un sol brillante que quemaba nuestra piel ya más que bronceada. La sequedad era absoluta, por la falta de humedad y por el sol abrasante que contrastaba con las frías noches. Fuimos avanzando por terreno no mucho mejor que los días anteriores, cruzando casa perdidas en medio de la nada que nos hacían preguntarnos qué hacían ahí esas gentes, en medio de un valle que parecía no apto para ser habitado, nos imaginábamos cómo debería ser el invierno ahí, un lugar donde las temperaturas podían llegar hasta los 50 grados bajo cero.

El río que nos acompañaba iba muy cargado de agua y sabíamos que teníamos que cruzarlo, pero al cabo de unos kilómetros vimos que un puente recién construido lo atravesaba. Lo pasamos y justo después, a 10 km para llegar a Padum, apareció el asfalto. Nunca antes habíamos sentido tanta felicidad por pisar un terreno tan suave y firme, era como deslizarse por un tobogán recién estrenado. Hicimos los km en menos de media hora y nos plantamos en Padum, de repente apareció de nuevo la civilización. A pesar de no ser un lugar muy poblado, nos pareció encontrar una densidad más propia de una gran ciudad que del pequeño pueblo al que acabábamos de llegar.

Entramos en un lugar que parecía el más famoso para comer, y debía serlo porque la comida era espectacular, comimos y bebimos en cantidad, dándonos un auténtico manjar, y después fuimos hasta un mini guest house que tenía un enorme claustro interior donde sin duda, pasaríamos la tarde relajadamente, descansando...

Hacía más de una semana que no teníamos conexión a internet y no habíamos podido dar señal de vida a nuestras familias.

Por la tarde fuimos hasta un pequeño café donde una pareja exótica, él indio y ella coreana, eran las últimas personas que habían estado en el tramo que nos venía a partir de mañana . Fuimos a hablar con ellos y nos confirmaron nuestras peores sospechas. Los 150 km que teníamos hasta el paso, estaban en un estado muy precario, difícil de transitar y con un solo lugar donde aprovisionarnos, a medio camino, Purne, un pequeño pueblo donde había un lugar donde comprar comida.

PADUM - PURNE 60 KM + 1000 m

Dormimos un poco nervioso por la incertidumbre de lo que nos vendría a partir de mañana. Salimos muy pronto para tener margen en caso de aparecer alguna complicación. Los primeros kilómetros fueron de asfalto pero pronto se transformó otra vez en una pista en muy mal estado. Divisamos a lo lejos un gompa encima de un montículo, es el gompa de Muney. Paramos junto la carretera en un lugar donde nos hacen un te y en ese momento vemos un todo terreno, Maria va a hablar con el conductor que es un monje budista, se dirige hacia Purne y Maria decide subirse al coche y hacer el trayecto con el monje.

Sigo por una pista en muy mal estado que va subiendo y bajando, voy pasando por pueblecitos perdidos en medio de un valle idílico. De repente veo que aparece un tipo cargado hasta los dientes sobre una bicicleta de doble suspensión también cargada hasta los topes. Es un italiano que esta dando la vuelta al mundo, un personaje atípico con el que charlo durante unos minutos antes de partir de nuevo dirección Purne. El terreno es horroroso, piedras sueltas, paredes enormes que se desploman sobre mi cabeza con piedras totalmente inestables que no paran de caer, estoy metido en un lugar inhóspito, del que debo salir cuanto antes, el peligro se hace cada vez más patente y para amenizarlo, un enorme barranco nace a mi derecha, un abismo de unos 100 metros totalmente vertical, que se precipita hacia el río Zanskar. La ruta es peligrosa, peligro de caída de piedras, terreno en muy mal estado, lleno de piedras sueltas que hacen que la rueda delantera se clave, pienso que debo activar todos los sentidos y habilidades, un error aquí podría suponer un grave percance. Cruzo un río caudaloso por un puente en estado muy precario y sigo ahora subiendo entre moles de piedra. Deseo salir ya de este lugar pero también disfruto de la soledad, pienso que Maria quizás ya debe haber llegado a Purne.

Pocos Km después, veo un todo terreno que viene en dirección opuesta a la mía. Es el monje que ha llevado a Maria, va acompañado de 3 o 4 monjes más y al verme para a mi lado. Me comenta en un inglés horrible que Maria ya está en Purne pero entonces parece darme unas indicaciones importantes, algo así como que no debo ir a Purne, que Maria me espera en algún otro lugar, intento entender lo que me dice pero no consigo sacar el agua clara, al final entiendo que debe ser un tema linguístico y le dio OK OK...

Sigo durante km por lugares preciosos, casa colgadas a ambos lados del río, el mapa indica que son pueblos pero al llegar veo que son simplemente una casa donde vive una familia con el ganado.

Estoy llegando a Purne, lo veo al otro lado del río pero no hay ningún puente para atravesar, veo una tirolina de la que cuelga una cesta donde a duras penas cabria una persona. Bajo la cesta, un abismo de más de 50 metros que acaba en un río turquesa precioso. No veo a Maria por ningún lado, solo veo una casas cerradas que parecen deshabitadas y empiezo a preocuparme. De repente aparece una madre con una niña pequeña, haciendo el señal del anillo le pregunto si ha visto a Maria y me dice que sí, pero me indica una carretera que sale dirección opuesta a Purne y que serpentea subiendo un enorme desnivel. Le vuelvo a preguntar si es por ahí y la mujer asiente de nuevo. Cómo puede ser? Purne está justo delante de mi, es cierto que no veo ninguna otra manera de atravesar el río que no se colgarme de la tirolina y entiendo que Maria no habrá cruzado por ahí. Desisto de seguir buscando más posibilidades de cruzar y empiezo a subir por las durísimas pendientes, con arena muy fina que hacen que avanzar sea al inicio penoso, y finalmente acabo empujando la bicicleta. Saco el móvil y miro el maps.me, no indica que haya ninguna pista por ahí, pero la hay. Sigo subiendo y subiendo, 100 m, 200 m de horrible desnivel. No he comido en todo el día y el agua se me ha acabado, me siento un poco desesperado y empiezo a pensar en la posibilidad de dormir solo, lo cual no seria un mal plan ya que llevo un buen saco y esterilla y no parece que vaya a llover, pero claro, lo que me preocupa es no encontrar a Maria. Los malos pensamientos inundan mi cabeza mientras sigo subiendo exhausto por la dura pendiente. De repente llego a un cruce, ni señal de pista en el maps.me, tendré que tirar de intuición porque a priori no hay ninguna señal que dé más posibilidades a ninguno de los dos ramales. No sé hacia donde me dirijo pero tengo claro que en dirección opuesta a Purne que ha quedado junto al río, varios km más abajo. Me siento e intento sacar alguna conclusión, entender porque motivo podría haber tirado el conductor por ahí, intento recordar la conversación con él y de repente recuerdo sus gestos diciendo, Purne no no, y con la palma de la mano haciendo como si un avión despegase, eso debía significar que tenía que subir por donde estoy subiendo. De repente oigo un ruido y aparece un pastor con unas cabras, puede ser mi salvación! Cuando llega a mi altura, viene por la pista de la derecha, le pregunto con señas si ha visto a un conductor y a Maria, el pastor dice que no con cabeza y manos, luego le pregunto que por donde se va a Purne y extrañado me indica que por abajo... le digo si por la pista donde viene el se va a Purne y vuelve a hacer que no con la cabeza... estoy jodido, y lo pero, preocupado por Maria, dónde demonios debe estar, metida en alguna casa? Esperando en algún lugar, sin dudas también nerviosa...

Hay que decidir, sabía que por abajo solo había la posibilidad de la tirolina y veo muy improbable que Maria haya cruzado por ahí con la bicicleta y todos los bártulos. Entonces decido seguir hacia arriba por la pista de la izquierda, cierro los ojos y me digo, dame una respuesta, y la que encuentro más lógica es esa. Sigo subiendo arrastrando la bicicleta puesto que por el cansancio, pero incluso sin él, no hay manera posible de ascender por esa cuesta en bici. Empieza a hacer frío y me tapo con lo que llevo, de repente después de un pequeño resalte, cojo perspectiva de un largo tramo que sigue serpenteando más y más arriba, debo llevar unos 400 metros de desnivel y otros tantos kilómetros. Me siento para encontrar alguna respuesta y no la encuentro. Miro hacia arriba y veo la pista como se contornea para salvar más y más desnivel, me parece ver en una de las curvas que un sendero sale de esta dirección este que es donde se supone que estaría Purne aunque unos pocos km más abajo, quizás sea esa la salida que busco?

Llego hasta el sendero y me trazo un plan mental, cogeré el sendero que sube hasta lo alto de una montaña, si cuando llegue ahí cojo perspectiva y no veo nada, pasaré la noche ahí. Llego al cruce y el sendero resulta ser una traza de un palmo aunque muy marcada, es evidente que alguien pasa por ahí. Subo arrastrando la bicicleta por un pendiente inhumano y poco a poco voy ganando desnivel. De repente me doy cuenta que estoy siguiendo un sendero que lleva hacia el monasterio de Phugtal que debíamos ir al día siguiente entonces tengo claro que por ahí no es pero al mismo tiempo sé que Purne cae justo a mi derecha detrás de un promontorio que decido subir, desde ahí veré Purne y el puente por donde se cruza, quizás vea alguna pista que baja bien marcada. Mientras subo, el terreno se vuelve plano y a lo lejos veo un punto rojo... es Maria! con su gore tex. Subo a la bicicleta y empiezo a pedalear con todas las fuerzas, las pocas que me quedan, a través de unos planos herbosos con mucha arena que hacen que la rueda no traccionen. Llego hasta donde está Maria, que ajena a mi pequeño calvario está tapada observando el valle... cuando llego hasta ella me doy cuenta que hay una pista que desciende hasta Purne, con un puente nuevo que atraviesa el río... Lo hemos conseguido.

Empezamos a descender y la pista es horrible, llena de una arena fina como la de un desierto, pero tanta que la rueda se clava constantemente y junto con el gran desnivel, hace que tengamos que poner los 5 sentidos.

Voy bajando y finalmente llego a bajo, veo que Maria ha quedado muy rezagada y cuando llega hasta donde estoy yo, justo antes de cruzar el puente, la veo que va llena de polvo, cara y pelo incluidos, ha caído aunque sin consecuencias gracias al casco que ha protegido el golpe.

Cruzamos el puente sintiéndonos más que nunca a salvo y justo después, en la única casa que existe en Purne, vemos que hay una casa donde venden comestibles! Nos sentamos junto a la casa y sale una mujer que nos dice que nos puede hacer algo para comer y no dudamos, pan y tortilla, noodles y muuucha agua.

Damos buena cuenta de todo lo que nos ponen delante, devoramos más que comemos, y luego nos dirigimos dirección Pukhtal, el monasterio donde iremos mañana puesto que el chico italiano, nos ha dicho que ahí, hay un pueblo donde solo hay una casa donde vive una familia donde nos dejarán acampar, sin saberlo estamos a punto de vivir una de las experiencias más bonitas del viaje.

El "pueblo" se llama Khangsar, fácil de recordar por su similitud con Kashgar, el mítico enclave de la ruta de la seda en china. Cuando llegamos vemos a un hombre que está haciendo tareas en el campo, nos dirigimos a él y con señas pedimos si podemos dormir, el hombre nos contesta con un perfecto inglés que sí, que podemos acampar en un terreno junto a la casa, cuando nos lo muestra, caemos hechizados por el lugar. Un plano elevado, con la casa a sus pies, pero con todo el valle de Zanskar visible, los ríos Zanskar marrón, y el Tsarap, turquesa, se mezclan aportando cada uno de ellos una tonalidad distinta y naciendo un río nuevo con ambos matices.

Estamos cansados pero muy contentos, esos son los lugares donde nos gusta estar y además, como mañana tenemos el trekking hasta el monasterio de Pukhtal, pasaremos ahí dos noches.

Preguntamos al hombre que vale y nos hace un gesto cómo diciendo, el qué? decidimos que ya hablaremos antes de irnos al cabo de dos días.

Preparamos la tienda, limpiamos la bicis, nos hacemos un te, y luego somos invitados a cenar con la familia, entraremos en una casa del valle de Zanskar!

Las casas típicas son todas iguales. De planta rectangular y tejado plano, cubierto con hierba y posteriormente con mierda de yak, que durante el inverno sirve de combustible puesto que árboles no hay, y leña tampoco. Las aperturas son mínimas y están recubiertas de barro, son la representación de las soluciones a las condiciones del entorno. Eso debería ser una casa, un lugar que se construye con los materiales del entorno, todos orgánicos, que se adapta y mimetiza con el medio y clima. Grandes paredes y en su interior, techos muy muy bajos, paredes de barro, vigas de madera con unos listones entrecruzados que dan soporte al barro que hace de estructura del piso superior, aunque la más alta de las casa solo tiene dos niveles. Los suelos están cubiertos de alfombras de lana, de colores vivos. Se calientan con estufas de fundición donde ponen las tifas de yak, y la misma estufa sirve de cocina. Toda la familia se sienta junto al fuego, varias generaciones compartiendo espacio.

La familia que nos albergaba era un matrimonio de unos 50 años, con un hijo que vivía con ellos, los otros 5 habían ido a otros lugares del valle, y una abuela arrugada como una pasa que debería tener unos ochenta años. Eran veganos, no se podían permitir comer carne puesto que era la fuente de leche y combustible, seria algo así como comerte tu propio sueldo en billetes de 500, algo que por pura lógica no harías nunca.

Nos sentamos en unos cojines alrededor de una mesa, con el culo en el suelo. La cena era arroz con verduras que estaba buenísimo y para acompañarlo había cerveza, bueno o algo que ellos llamaban cerveza pero que sí que tenía alcohol porque después de varios días sin beber, el primer trago que di, endulzó de inmediato mi cabeza haciendo la velada más mágica aún.

Tenían desde hacía un par de años electricidad, una ONG alemana les había instalado una gran placa solar con baterías, imaginaos el cambio que produjo en sus vidas ese pequeño gesto, especialmente en invierno, donde los días son cortos y las noches eternas, estar acompañado por la luz de una bombilla siempre es más gratificante. Pero eso no era lo único que les habían instalado, el pack incluía un monitor de ordenador pequeño y una antena parabólica! La familia miraba el televisor y en él aparecía un superhéroe que con un simple gesto, hacia saltar a sus enemigos por los aires que iban a estallarse contra paredes que se derrumbaban, tenía una apariencia de serie de los años 80 pero la familia restaba atónita mirando el dichoso aparato, eso sí, reían sin parar, ni que fuese por eso quizás ya valía la pena.

Dijimos adiós y agradecimos la cena con reverencias juntando las manos y inclinándonos en señal de respeto, era así como nos saludaban a nosotros. Nos fuimos hacia la tienda y nos pusimos a dormir, caímos como troncos en un dulce sueño.

A la mañana siguiente, la pereza no pudo con las ganas que teníamos de visitar el monasterio de Phugtal , un lugar que teníamos apuntado como uno de los hitos más importantes del viaje.

Phugtal es un monasterio budista encaramado en lo alto de un barranco, los monjes que viven en total aislamiento, solo pueden aprovisionarse durante los meses de verano, llevando los víveres a lomos o en burro aunque incluso para estos últimos, hay tramos que resultan peligrosos.

La ruta hasta Phugtal desde Purne es de unos 7 kilómetros, metida en un cañón de roca naranja con el río Tsarap siempre azul turquesa, la combinación, es un auténtico espectáculo para los sentidos. Empezamos por una pista ancha que al cabo de pocos metros quedaba cortada por un enorme desprendimiento, entonces había que bajar por una pendiente de piedras suelta y arena, que descendía vertiginosamente hasta el río. Había que ir con mucho cuidado porque un tropiezo podría dar con nuestros huesos en el fondo del barranco. Y nosotros que pensábamos que la de hoy era jornada de descanso y relax...

Seguimos avanzando un poco hasta llegar de nuevo a un mini sendero de poco más de 50 cm d ancho que subía y bajaba salvando el caprichoso relieve del cañón. Las paredes que lo rodeaban era altísimas, y caían en picado hasta donde estábamos nosotros, para darle un toque más de emoción, hubo a pocos metros de donde nos encontrábamos, un derrumbe de piedras que nos paralizó por un momento. Luego nos dimos cuenta que habían unos tipos trabajando justo arriba, intentando abrir la pista que había quedado bloqueado por un desprendimiento de tierras. Era lo más absurdo que he visto en mi vida, dos tipos, nepalís por cierto, picando con una pala en una pared de 200 metros de alto, para abrir una supuesta pista que iba hacia un lugar perdido... la maldita necesidad del hombre de querer llegar a todos lados, si el camino ya existía, y era para los que querían ir a pie.

Después de casi dos horas, el camino descendía hasta el mismo río y un puente nuevo junto a otro viejo con mucho más encanto, daban paso a través de las enfadadas aguas . Decidimos tomar el puente nuevo y cruzamos, poco después, divisamos el majestuoso Gompa de Pughtal justo delante nuestro.

No hay palabras para describir el lugar porque a pesar de ser de los sitios más hermosos en los que hemos estado, no es su belleza y singularidad lo que más nos impactó, sino el ambiente místico que se respiraba. Los que hemos escalado alguna gran pared, sabemos que cuando estas a unos cientos de metros del suelo, llega un momento en qué algo místico aparece, una especie de paz, el suelo deja de ser suelo y simplemente estás en otra dimensión, rodeado de paredes naranjas, blancas, o grises... algo parecido sentí en ese lugar, una mezcla de misticismo y respeto, toda la carga religiosa del lugar, se expandía, brotaba del Gompa y se podía percibir a cientos de metros. Estábamos magnetizados.

Sé que para los monjes que viven ahí el hecho de disponer de una carretera, supondrá un gran avance, no lo dudo, pero sin duda también pienso que hay lugares en el mundo que deberían permanecer siempre así, intocables, vírgenes, sin que el ser humano pueda acceder de forma masiva.

Llegamos hasta el monasterio por su parte inferior y para llegar hasta el punto donde se encuentra Buda y la cueva que albergó el original hace más de 2550 años, hay que subir por unas escalaras resbaladizas y empinadas como demonios. Nos cruzamos con varios monjes y niños vestidos con sus Kasayas, hay una escuela en el mismo monasterio para garantizar la continuidad de la vida mística en un lugar así. Llegamos hasta lo más alto donde estaba el templo, nos abrió un monje budista que también nos enseño donde vivía. Una parca habitación con una cama, una enorme ventana con un enorme cristal que daba a todo el valle con el río turquesa que lo atravesaba. Le preguntamos con curiosidad y mentalidad occidental que qué hacia ahí durante todo el año, nos miró extrañado y contestó que meditar, leer, contemplar...

Pudimos ver el templo por dentro, precioso, con maderas añejas y libros por todos lados. Nos sentamos a contemplar la paz del lugar desde unas terrazas de barro donde había monjes leyendo y tomando el sol... Nos dimos cuenta de qué fácil puede resultar la vida si te consigues adaptar a un mundo así, no hay preocupaciones banales como las que podemos tener nosotros, ahí todo se reduce a ti, tu entorno, y cultivar tu interior para que todo se harmonice.

Abandonamos el lugar apenados, pensando que posiblemente no volveríamos y que si lo hacemos, encontraríamos un monasterio engullido por el turismo de masas que sin duda acudirá en caso que algún día consigan acabar la carretera.

Llegamos a Khangsar y de nuevo repetimos la rutina de ayer, cena con la familia y pronto a dormir, mañana nos esperaba una de las etapas más duras del viaje, debíamos aproximarnos al Shingo La, atravesar la muralla del Himalaya por una de sus debilidades, esperábamos que fuese así.

PADUM - CAMPAMENTO SHINGO LA 50 KM + 600 m

La pista que va desde Purne hasta Kargiak es una verdadera tortura por el terreno, pero a su vez, es un regalo para los sentidos. Se gana altura justo salir de Purne y después se sigue por una planicie con tendencia a subir y con un acantilado por el lado derecho no apto para personas con problemas de vértigo.

Pasamos el día en dicha carretera y pasamos también junto al pueblo de Kargiak que curiosamente, era el más grande que habíamos visto desde hacía casi 100 km. Llegamos por fin al punto desde donde aparecía la mole del Gumburanjon y eso significaba que llegábamos al pie de la última y esperada subida.

La planicie bajo el Gumburanjon, era espectacular, un lugar apartado del mundo, abierto, con dos valles, uno a cada lado de la montaña, que se perdían a lo lejos.

Vimos un gran grupo de Yaks que campaba a sus anchas, teníamos que pasar entre esos bichos enormes, y poco a poco nos fuimos acercando, al llegar a ellos, empezaron a apartarse y pasamos entre ellos tomando ciertas precauciones puesto que desconocíamos la reacción que podían tener ante dos extraños.

Entonces nos dimos cuenta que delante teníamos una sucesión de ríos que se cruzaban en nuestro camino, no dábamos a ver si eran o no profundos. Llegamos al primero, nos descalzamos y lo cruzamos, era pequeño pero el agua nos llevaba casi a la cintura. Así fuimos atravesando varios torrentes hasta llegar a un punto donde divisamos el llamado Tea House, una cabaña de piedra donde supuestamente vivía alguien aunque en ese momento no veíamos nada.

El último río tenía un ancho mucho más grande, unos 20 metros, y el agua bajaba con fuerza... podríamos cruzarlo? Empezamos a buscar si había algún punto donde hubiese menos profundidad y finalmente optamos por cruzarlo. Primero pasaría yo, con la bicicleta de María y después iría a por la mía y pasaríamos juntos. El agua estaba helada y cruzábamos descalzos. Entré en el río y a los pocos metros el agua me llegaba a la cintura, bajaba con demasiada fuerza y quedé medio atrapado, por suerte pude dar media vuelta y volver donde estaba Maria. Bajamos más abajo porque nos pareció que el agua estaba un poco menos salvaje. Cogí de nuevo la bicicleta y volví a meterme en el río, cuando llevaba unos 10 metros estaba con el agua a la altura de la cintura otra vez pero esta vez no podía moverme, la corriente era muy fuerte y la bicicleta se me escapaba, la puse a favor de la corriente para que ofreciera menos resistencia, Maria miraba asustada desde la orilla, levanté la bicicleta y la arrastré a duras penas, llegué hasta la orilla con las pulsaciones a tope, pero ahora tocaba volver a por Maria. Cruce el río ahora sin bicicleta pero no sin tomar muchas precauciones, no quería mirar más abajo, llegué a la orilla y cogimos la bicicleta entre los dos. Maria iba a mi lado, cruzamos el río y cuando estábamos ya llegando, la bicicleta se me cruzó y mi gemelo quedó entre el plato y el cuadro, encallado y con la fuerza del río que le daba aún más fuerza.

No me podía mover... mierda! Estaba a un metro de la orilla, tenía los pies helados y la bicicleta encallada en mi pierna. Finalmente con un gesto de rabia la saqué y la puse sobre la orilla pero al salir, noté una punzada y dolor muy grande en el gemelo. No podía haberme hecho daño y menos en un lugar así! Dejé pasar unos segundos y parecía que el dolor iba a menos, apretaba los dientes, cuando vi que había casi remitido, empecé a apoyar la pierna en el suelo y por suerte ya vi que no tenía nada...

Fue una lección, si me hubiera pasado algo no sé cómo hubiéramos salido de ahí, aunque extremes las precauciones, siempre hay algún factor que no controlas, experiencia apuntada y por suerte superada con éxito.

Nos acercamos a la cabaña y vimos que humeaba, debería haber alguien dentro. Un tipo con unas grandes gafas de sol ochenteras, salió del mini refugio, le preguntamos si vivía ahí y nos dijo que sí, pero solo en los meses de verano. Nos cocino unos noddles y nos planteamos si deberíamos empezar a remontar o dormir ahí. Estábamos a unos 4500 metros, teníamos delante nuestro una carretera que serpenteaba superando desnivel de manera acentuada. Decidimos seguir, sabíamos que había un campamento a medio camino donde podríamos acampar.

Pudimos salir pedaleando y fuimos combinando con tramos donde nos tocaba empujar, la altura no nos afectaba especialmente, la aclimatación de las últimas semanas había sido buena. Vimos como los 3 kilómetros que nos separaban hasta el campamento los hicimos rápido y bastante bien y finalmente vimos un gran llano herboso a unos 100 metros debajo de la carretera. Bajamos por unas piedras hasta alcanzarlo y supimos que se trataba del campamento porque habían círculos de piedras que limitaban las hogueras de alguien que paso por ahí antes que nosotros.

Plantamos la tienda, bajamos hasta el río para lavarnos, estábamos completamente cubiertos de polvo, sucios, con las manos secas, la piel cortada, los labios, de nuevo las fastidiosas costras en la nariz que dificultaban respirar... pero el lugar era precioso, estábamos a 4800 metros y se hacía de noche, rodeado de montañas enormes cubiertas de nieve, y algún que otro yak que campaba a sus anchas por el otro lado del río. Hicimos la cena, bebimos mucha agua, y finalmente entramos en la tienda para dormir, era pronto, las siete y poco, estuvimos un rato antes no cerramos los ojos.

A media noche nos despertamos, abrí la cremallera de la tienda y vimos uno de los cielos más estrellados que nunca hemos visto, incluso reconocer las constelaciones más fáciles no resultaba una tarea sencilla debido a la gran cantidad de estrellas que había.

CAMPAMENTO SHINGLO LA - SHINGLO LA 5 KM + 400 m

Nos despertamos pronto, hacía mucho frío e íbamos con todo encima, la noche había sido plácida pero muy fría también. Recogimos todo rápido, desayunamos, y pronto nos pusimos en marcha.

Pocos metros después, nos dimos cuenta de qué iba a ser complicado subir pedaleando, las rampas eran muy duras, el camino no estaba muy definido y el caos de roca que teníamos delante no daba demasiada tregua. Así que fuimos empujando, el mapsme había perdido nuestra señal y cuando la recuperaba no mostraba ninguna fiabilidad, mostraba al cabo de media hora, la misma altitud que cuando empezamos.

Seguimos ahora cada uno a su ritmo, me avancé y fui dejando a Maria un poco rezagada, luego, pude ver que no muy lejos, un enorme hito de piedras y muchas banderas budistas marcaban el final del puerto. Supuse que la proximidad que aparentaba era solo fruto de mi deseo de llegar, pero me di cuenta que estaba a escasos 200 metros de la cima. Entonces me dije, si hemos llegado hasta aquí ahora toca pedalear, llegar a lo alto del Shingo La de 5091 metros de altitud, encima de la bici. Y así lo hice, y no solo pedaleé, sino que esprinté, com si me esperase el premio de la montaña, como si algo dentro de mi, me estuviera premiando por conseguir el que había sido durante años, uno de los viajes más anhelados y deseados por mi.

Es curioso como, incluso viendo fotos, las ideas preconcebidas de los lugares que te llevas a los viajes, van cambiando por la realidad de como son una vez los pisas. Es el caso del Shingo La, lo imaginé totalmente distinto a lo que era. Sea como fuera, estaba embriagado de alegría y al mismo tiempo, apenado porque había pasado página a una aventura enorme.

Vi a Maria subir, empujando la bicicleta, estaba ya a escasos metros y le grité dándole ánimos. Había dudado si venir al viaje por la dureza del mismo, se había preparado durante un año para hacerlo y pudo con sus miedos, que ella llegase hasta lo más alto del puerto era sin duda una victoria enorme y hazaña en mayúsculas.

Ya juntos, celebramos con abrazos la conquista del punto más alto del nuestro viaje, el día era perfecto, hacía sol, había neveros y nieve y sólo esperábamos que el descenso empezara para repasar cada uno de los momentos que habíamos vivido en los últimos días.

Habíamos superado una dura prueba, habían sido unos días mágicos, llenos de experiencias, paisajes, gentes... El Zanskar pasaba de ser un libro, una idea imaginaria en nuestras cabezas, a ser un recuerdo de un viaje que nunca olvidaremos.

#ZANSKARBYBIKE #SHINGOLA #PURNE #PHUGTAL

 

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