Leh - Kargil

August 26, 2019

Agosto fue un mes de altos y bajos, preparativos, puesta a punto... las noticias que llegaban desde India eran todo menos tranquilizantes, el eterno conflicto India Pakistan, que tenía su epicentro en la zona de Kashmir, había rebrotado, y no parecía ser algo repetitivo, controlado y habitual, India, había decidido abolir la autonomía del Kashmir unilateralmente y se abría un periodo de tensión y incertidumbre. Eso nos hizo plantearnos el viaje puesto que nuestra ruta pasaba por Kargil, ciudad situada en Kashmir, y donde ya sabíamos que había un bloqueo por parte del ejército Indio. 

 

Dejamos atrás los miedos y decidimos embarcarnos en nuestra aventura que habíamos madurado durante meses, meses de preparativos, de sueños donde aparecían montañas gigantes, grandes glaciares y lugares remotos. 

 

Llegó el día de partir, habíamos decidido, y con buen criterio, ir por la vía rápida para llegar a Leh, capital de Ladakh, haríamos el vuelo intercontinental hasta Delhi y ahí, sin salir del aeropuerto enlazaríamos con nuestro vuelo hasta Leh. 

 

El aterrizaje en la pequeña capital del Ladakh es todo menos ortodoxo, estamos rodeado de montañas cuya escala no es a la que estamos habituados, desde la ventana reconocemos los valles donde semanas más tarde nos adentraremos, montañas cubiertas de nieve, valles marcados donde no parece haber vida... 

 

 

 

Finalmente aterrizamos en Leh no sin haber realizado maniobras más propias de un caza que de un avión comercial. Lo primero que nos sorprende al bajar del avión es la temperatura, hace fresco, frío diría yo, acostumbrados como estábamos al cálido verano del Berguedà.

 

Recogemos las bicicletas que parecen haber llegado en buen estado y buscamos un taxi, con baca, que nos pueda llevar hasta el hotel que tenemos reservado, serán dos noches para aclimatar y visitar Leh, una ciudad que sin duda tiene mucho que ofrecernos. 

 

Al llegar, nos encontramos con una ciudad despoblada, con comercios cerrados y patrullas del ejército que controlan todo. Nos acercamos a un control militar y preguntamos por qué todo está cerrado, nos comentan que hay un bloqueo debido al conflicto y que se espera que mañana abran todos los comercios y la ciudad vuelva a su vida normal. 

 

Los dos días que pasamos en Leh, fueron de menos a más en cuanto a interés, descubrimos el mercado en la parte norte de la ciudad que es donde se concentra toda la vida de la ciudad, o pueblo si lo miras con escala western. 

 

 

 

Descubrimos el Palacio de Leh, atalaya arquitectónica desde donde se vista la totalidad de la ciudad, descubrimos los primeros hitos del budismo, con los libros sagrados Vinayaka-Pitaka y Sutta-Pitaka, base de todo monje que quiera seguir ortodoxamente el ORA et LABORA budista. Los caballos de viento, banderas budistas, aparecen ya por todas partes, oraciones colgadas al viento que albergan todas las esperanzas y creencias de los feligreses. Sin dudas, pedimos que nos protejan en nuestro viaje y internamente, rezamos nuestras oraciones que esperamos sirvan de protección en nuestra aventura...

 

Y finalmente llega el día de partir, nos despertamos pronto para salir dirección Saspol, lugar que desconocemos pero que la planificación de la ruta, ha marcado como el destino del día. 

 

LEH - SASPOL 60 Km + 900 m 

 

Salimos de Leh con los nervios propios del inicio del viaje. Los primero kilómetros transcurren entre controles militares, bases militares, convoys militares... nos preguntamos si será la tónica de esta parte del viaje. Pronto descubrimos que no, empiezan las primeras subidas, suaves, desaparece todo rastro militar y nos movemos por carreteras perfectamente asfaltas, sin apenas tráfico y rodeadas de montañas de tonos marrones, que muestran una piel aterciopelada, suaves perfiles aunque denotan una majestuosidad que nos recuerda que nos movemos en el gran Himalaya. 

 

 

 

Los dos puertos del día resultan ser suaves, antes del segundo, paramos a tomar un te en Basgo, cuando empezamos a elevarnos por la contorneada carretera, aparece un Gompa, monasterio budista, que encaramado en la cima de un lomo, nos transporta a un mundo que habíamos soñado, deseado, y mundo en el que ya estamos inmiscuidos, somos ya los protagonistas de nuestra propia aventura, y eso nos hace sentir felices. 

 

Llegamos al cruce entre los ríos Hindú, que es el que seguimos, y el Zanksar, que se adentra hacia Padum, donde llegarmos días más tarde, en el cruce nos encontramos con un tipo, nepalí según nos dice, que vende collares budistas muy parecidos a un rosario cristiano, eso creo que dará un toque extravagante a mi vestuario y negocio un precio de 20 céntimos por uno, me acompañará a modo de amuleto durante todo el viaje.

 

 

 

Llegamos a Saspol, un pueblo que a priori no parece ofrecer ningún aliciente más que el descanso después de una primera etapa fácil. Nos alojamos en casa de una familia que nos alberga en su guest house Alchi View Guesthouse. 

 

Sin duda el protagonista de este valle son los albaricoques, los hay a doquier por todos lados y además, estamos en la temporada de recolección así que pasamos la tarde en el jardín de la casa, dando buena cuenta de los albaricoqueros que nos cobijan de un sol abrasante. Aunque estemos a más de 3000 metros, el día es seco y muy caluroso. Luego nos vamos a pasear por el pueblo donde descubrimos las primeras ruedas de plegarias que albergan en su interior manuscritos con oraciones budistas que según los dogmas de esta religión, cuando los haces girar, producen el mismo efecto que las recitases.

 

Vemos los primeros niños que salen del colegio, la gente que circula por las calles concentrados en sus quehaceres aunque parece evidente que nuestra presencia no pasa desapercibida para ellos y somos el foco de atención del pueblo, seguramente no muy habituado a ver ciclistas por sus calles. 

 

Cenamos con la familia que nos preparan una pasta al curry deliciosa, acompañada por un te de hierbas igual de delicioso, después de charlar un buen rato y intentar entender un poco más de sus vidas, nos retiramos a nuestra habitación donde escuchamos los podcast de RNE3 que hemos bajado para el viaje, nos dormimos pensando en qué nos deparará nuestro viaje en el siguiente día.

 

 

 

SASPOL - LAMAYURU 60 Km + 1200 m 

 

Así como Saspol era un encuentro casual, Lamayuru aparecía en nuestra ruta como un hito imprescindible, no en vano se trata de uno de los monasterio budistas mejor conservados y con una antiguedad de 1000 años. 

 

Salimos de Saspol sabiendo que el desnivel de la etapa se encontraba en sus últimos kilómetros. El paisaje era muy parecido al del día anterior, montañas marrones, ríos también marrones y una carretera suave y asfaltada. Pasamos por un asentamiento militar donde encontramos una cantina y nos premiamos con un desayuno a base de sopa y unos panes rellenos picantes como demonios, luego seguimos nuestra ruta. El desnivel no llega y eso nos hace pensar que los más de mil metros de desnivel, se encontrarán concentrados en su parte final, y así es, de repente la carretera se muestra delante nuestro, como una auténtica pared, con rampas por encima del 15% y con una dureza que pocas veces hemos visto antes, por suerte, el asfalto ayuda a nuestra piernas y vamos ascendiendo mientras el entorno se muestra cada vez más desértico, los marrones dan paso a ocres amarillentos y el entorno nos recuerda a los paisajes que nos acompañaron en nuestro viaje por el desierto del Negev en Israel. 

 

 

 

La carretera no da tregua, serpentea evitando acumular más desnivel de lo deseado y finalmente divisamos a lo lejos, lo que parece un sueño más que una realidad, el monasterio de Lamayuru, alzado sobre un montículo, majestuoso... una visión que no olvidaremos nunca y que reconforta nuestras piernas cansadas por el fuerte desnivel que acabamos de superar. 

 

 

 

Localizamos un lugar donde comer, con una terraza donde sentarnos y la gente que está ahí sentada, nos recibe con gestos de admiración por nuestra gesta, nos sentimos reconfortados por tanta gratitud y comemos antes de buscar un sitio donde dormir que el mismo chico del restaurante nos ofrece. 

 

Pasamos la tarde paseando por el monasterio que emana paz y harmonía, no en vano, viven en el generaciones de budistas que van desde los tempranos años hasta viejos monjes. 

 

 

 

LAMAYURU - MULBEKH 70 Km + 1200 m 

 

Después de un baño de folklore budista en su máxima representación, la etapa siguiente parecía un puro trámite aunque claro, el primer puerto de montaña de 4000 metros aliñaba el día. Salimos de Lamayuru con el Fotu La en nuestra mente, para desayunar 800 metros positivos que hicimos en unas dos horas y media, por una carretera solitaria donde algún que otro camión nos adelantaba haciendo alarde de unas bocinas que más que elementos disuasorios parecían orquestas de una película de Berlanga. Llegados a la cima, procedimos al ritual de las fotos, hacia frío y bajamos por un valle espectacular, bañado por un río azul entre pastos verdes que daban paso a montañas arenosas de marrones y ocres espectaculares. Me encantan estos ríos caudalosos, delimitados por romas orillas verdes al estilo Kirguistán. Luego la carretera planea hasta llegar a Khangal donde paramos en un tea shop que yacía solitario junto a la carretera. Coincidimos con un grupo de gente de Srinagar, cuando les dijimos que éramos Catalanes la complicidad apareció en sus caras y empezaron a hablarnos de que vivían una injusticia por parte del estado indio, que les había abolido la autonomía a la vez que encarcelado a los líderes políticos, prohibido las manifestaciones y aplicado un estado de emergencia, nos sonó el tema y nos inmiscuimos en una conversación que dimos por acabada, más por las prisas que porque no fuera interesante. Nos quedaban unos 20 Km y todavía un puerto de montaña que era menor que el anterior, pero que los chicos insistían en decir que no, que era incluso peor. 

 

 

 

Sin más seguimos hasta llegar a una recta interminable que daba lugar al puerto que ya se intuía a lo lejos. Y fue tal cual nos habían dicho, se fue volviendo más y más duro, hasta el punto de tener que parar para recobrar el aliento en más de una ocasión y soltar en más de una también, el famoso .. joder, otra falsa cima!! Pero todo llega, y llegados a lo mas alto, solo nos faltó deslizarlos hasta el pueblo de Mulbekh. 

 

Al llegar topamos con un tipo que se movía con un camión, ya nos había adelantado en la carretera y al vernos llegar soltó varios gestos de admiración. Se acercó a nosotros, y se empeñó en conseguirnos un lugar para dormir, tal fue su empeño, que fue la noche que menos pagamos en un hostel que era a esas alturas un lujo, no por los detalles sino por ser nuevo de trinca. 

 

 

 

Ducha y a pasear, el pueblo que a priori parecía no tener encanto alguno puesto que lo atravesaba una carretera donde los coches pasaban en plan kamikaze, resultó ser una delicia. Estábamos en plena temporada de recolección y todas las familias trabajaban al unísono para recoger los víveres que les llenarían la despensa durante les meses de invierno. La luz del sol, al ponerse, dio lugar a paisajes alucinantes, colores que daban una vida especial al lugar y que hizo que se grabase en nuestra memoria imágenes que nunca olvidaremos. 

 

MULBEKH - KARGIL 40 Km + 300 m 

 

La etapa de hoy si que parecía un trámite, pero alentados por los días anteriores, nos dejamos llevar esperando encontrar sorpresas que nos pudieran sorprender. 

 

Era el día que hubiéramos querido evitar puesto que terminábamos en Kargil, ciudad sitiada y bajo control absoluto del ejército indio. Internet cortado, carreteras controladas, tanques... así que decidimos que cuando llegásemos, buscaríamos la estación de autobuses y cogeríamos el primero que saliese hacia Panikhar, en el valle de Suru.

 

Esta vez si que no hubo sorpresas y llegamos a Kargil en unas 2 horas sin rastro alguno de lugares mágicos. Nos dirigimos hacia una gasolinera para llenar el recipiente de combustible para nuestro hornillo y después nos deslizamos por una carretera que iba a parar a un puente enorme que cruzaba el río Hindú, justo después del puente, a mano derecha, divisamos lo que era sin duda la estación de autobuses. 

 

Nos aprovisionamos de unos albaricoques para pasar el rato que nos quedaba hasta la salida del autobús, que se fue llenando hasta rebosar y salimos dirección Panikhar que estaba a unos 40 km. Pensábamos que era cuestión de una hora, dos como mucho, pero nos llevó toda la tarde llegar. Justo antes del pueblo un control del ejército nos hizo enseñar los pasaportes bajando del bus bajo la mirada de los pasajeros que parecían disfrutar con algo que les apartaba de la monotonía de sus días. Luego seguimos ya en bicicleta hasta llegar al pueblo. Preguntamos por un lugar donde dormir y nos señalaron en lo alto de una colina, la subida fue dura y cuando llegamos arriba vimos que el lugar era como una especia de casa militar muy desaliñada y sin carácter, no nos dimos por satisfechos y volvimos a bajar la cuesta. Una vez abajo preguntamos de nuevo y nos vuelven a indicar arriba,  parecía haber un lugar más allá de donde venimos, que es algo parecido a un guest house. Vuelta a subir un poco escépticos y pensando que en breve estamos de vuelta, dejamos atrás la primera chabola y cuando giramos, nos damos de frente con una casa preciosa, en un lugar precioso, con un cartel en la puerta que ponía Hotel Khayoul. 

 

Nos gustó tanto el lugar, la familia que lo regentaba que decidimos nada más verlo, que pasaríamos dos días ahí. 

 

Y así fue, estuvimos todo el día paseando por sus calles, o pistas, hablando durante largas tertulias con gente del lugar, algunos esperaban a que llegase el camión que debía llevarse el eno recién cortado, otros nos decían que les gustaría vivir en Kargil pero que no pueden, otros nos explicaban que conseguir internet en el pueblo era posible, para nosotros no lo fue, y fuera como fuese, pasamos un día delicioso, con los montes Kun y Nun a lo lejos que nos recordaban que esto no había hecho más que empezar. 

 

Por la tarde, subí hasta un montículo que parecía inofensivo justo encima del pueblo, me llevó 2 horas alcanzar su punto más alto entorno a los 4200 metros de altitud. Desde ahí, se divisaba la pista por la que al día siguiente tendríamos que marchar, se adentraba por el valle pasando por la falda de las dos moles de más de 7000 metros. El valle era precioso, indescriptible, y aunque todavía muy a lo lejos, las montañas nos hablaban de otra dimensión, estábamos frente a la gran muralla del Himalaya, en su vertiente norte, y nuestra intención era meternos en sus entrañas durante los próximos 300 km, cruzando hacia la cara sur, por la única posibilidad que ofrecía, el temido paso de Shingo La, temido por su dureza, por la incertidumbre de sus condiciones en el momento de la ascensión, y especialmente por tenerlo que hacer a lomos de una bicicleta cargada con más de treinta kilos de peso.

 

 

 

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