y por fin... la civilización

April 18, 2018

Nos despertamos pronto. Habíamos dormido bien y sin demasiado calor y habíamos decidido levantarnos a las cinco para evitar de nuevo las horas más calurosas del día. 

 

 

 

Hoy nos esperaba un desayuno que habíamos observado atentamente la tarde anterior. Una pared de unos 600 metros de desnivel, con una carretera que serpenteaba ganado altura sin tregua. 

 

Sin vacilar demasiado dimos con nuestros culos en el asiento en menos de una hora, tiempo récord, y empezamos a sacudirnos la pereza a base de pedal. Los primeros kms eran planos y nos plantamos delante de la mole en menos de media hora. Ahora empezaba lo bueno. Parecía que la carretera, tenía sus peores rampas al principio, suavizándose posteriormente. Empezamos el tramo y enseguida nos dimos cuenta que no iba a ser una fácil tarea. La pendiente superaba los 15 grados de inclinación y el peso de nuestras bicicletas, unos 40 kg, hacia la ascensión penosa. Curva tras curva deseábamos que el piso nos diera tregua pero, lejos de mejorar, el terreno se volvía cada vez más empinado y cada vez nos costaba más avanzar. Nuestras fuerzas y moral estaban un tanto tocadas, por suerte el sol se mantenía todavía no muy lejos del horizonte y el aire era respirable, lo de ayer otro vez no por favor, no quiero ni pensar que debe ser subir por este puerto con semejante soponcio. 

 

 

Llegamos, no sin apretar como animales, a lo alto del puerto y ahí nos dimos cuenta de donde estábamos. Era un lugar precioso, las vistas se proyectaban durante kms y kms y podíamos intuir por donde habíamos transitado los días anteriores. 

 

 

El desierto es sin duda alguna, un lugar mágico, lleno de paz, donde uno se pregunta que demonios hacen ahí los pájaros, donde la fuerza mental es más importante que la física y donde el tiempo parece pararse. No en vano habíamos superado los 150 km ya desde que abandonamos la gasolinera y ahora estábamos subidos en una atalaya que nos embriagaba con sus vistas, nos hacia creer águilas como las que merodeaban nuestras cabezas, nos hacía sentir libres, fuera de todo contacto con la civilización, perdidos, en medio de un lugar bañado por una luz amarilla que hacia que el color de las montañas de arena fuesen cambiando el tono a medida que el sol avanzaba. Un lugar que nos transporta a lo más primitivo, a la existencia ligada a la supervivencia donde uno mismo es amo y señor de su propio destino, donde no hay cabida para errores puesto que estos pueden dejarte en una situación vulnerable. La simplicidad y austeridad del desierto, enarbola todo hasta el punto de máxima esencia, no hay nada que exista porque sí, todo tiene un sentido, es un reloj labrado durante millones de años donde cada ser tiene una especialización máxima que le permite sobrevivir a unas condiciones tan extremas. 

 

Descendimos por el otro lado y vimos como la pista quedaba engullida por una enorme planicie que daba paso a unas montañas muy a lo lejos. Detrás de esas montañas estaba nuestro destino de hoy, nuestro final de etapa, pero nos quedaban todavía unos cuantos km y otros tantos metros de desnivel que transitar. 

 

 

Algunos kms de monotonía y finalmente alcanzamos una carretera asfaltada que debíamos dejar en unos kms. Al llegar al asfalto nuestras bicicletas se deslizaron a gran velocidad hacia el desvío donde empezaba un nuevo puerto, eso si, por asfalto y con la seguridad que nos movíamos por unos derroteros con algo de civilización en forma de coches, aunque de momento no habíamos visto ninguno.

 

 

Cogimos el desvío y vimos que un cartel anunciaba que nos quedaban 15 km hasta Yerucham, donde deberíamos pasar noche si todo iba bien en alguna pensión. 

 

Los ánimos de Maria dijeron basta y empezó a decir que siendo, ahora si, una carretera con circulación, debería pasar en algún momento algún vehículo que la llevara, sobretodo cuando llegamos a los pies de un nuevo muro, unos 600 metros de desnivel y mucho mucho calor. La carretera por la que avanzábamos no había ningún vehículo así que parecía difícil... pero con Maria imposible no hay nada y así, como quien no quiere la cosa, apareció por el horizonte un camión articulado que avanzaba con más pena que gloria y que sin duda se dirigía hacia nosotros. 

 

Era un camión de gran tonelaje, y articulado con un remolque detrás de la ya ostentosa caja que de por si ya tenía el camión. Ahora el instinto de supervivencia de Maria haría el resto, se interpuso en el camino del camión y con sus dotes inmaculados de negociación con camioneros, consiguió convencer al tipo que atara las bicicletas en el eje articulado que unía los dos vagones y que nos subiera a los dos. 

 

Yo no daba crédito a lo que veía, teníamos delante nuestro una pared, de nuevo una carretera del ancho de un carril bici, con una subida brutal y me preguntaba que demonios hacia un camión ahí habiendo como había, una carretera principal que llevaba hasta Yerucham sin más complicaciones. 

 

Ya instalados en la cabina del camión, el conductor nos explicó entre gestos y papeles, que estaba haciendo contrabando!!! Yeaahh! eso nos gustó, un tipo off the law que transitaba con un camión cargado con 42.000 Kg de piedra de manera clandestina por la tripas de Israel, qué más podíamos pedir a nuestra aventura? Bueno sí, yo pedí que nuestras bicicletas no se partieran cuando el eje sobre el cual estaban atadas, de doblase para articular los dos vagones en las curvas de 180 grados y en subida que teníamos delante. También me gustaría pedir, angelito de la guardia, y si no es mucho, que no cayeran y les pasaran 20.000 kg de camión por encima, esas dos cosas, y que nos dejara en lo más alto era lo único que pedíamos. 

 

Yo creo que hubiéramos llegado antes a la pata coja, pero es cierto que hubiera sido menos cómodo. La velocidad máxima debió ser 10 Km/h pero eso si, ni una gota de sudor tu!

 

Así que curva tras curva fuimos subiendo con el camión y el camionero que parecía rezar para no encontrarse un policía por ahí, en caso de haber sido así, le hubiera resultado complicado explicar por qué demonios llevaba una carga ilegal de piedras, sobrepasando en más de el doble el peso permitido de su camión, y con dos tipos sucios y malolientes subidos en su cabina. Para rematarlo dos bicicletas atadas en el eje posterior, una escena más propia de un cuadro de Dalí que de un cicloviaje.

 

Llegamos arriba y a toda pastilla nos deslizamos hasta llegar al pueblo donde rápidamente buscamos un tenderete donde tomar unos refrescos... y dios! jamas habíamos tomado una coca cola tan fría y tan buena!!

 

Luego debíamos encontrar un lugar donde dormir, asearnos, viniendo de donde veníamos la más humilde pensión nos valdría... dimos vueltas pero parecía que no había nada y finalmente un hombre nos señaló un lugar donde debería haber algún tipo de alojamiento. Llamamos a la puerta de lo que parecía una casa particular y nos abrió un chico sonriente que nos confirmó que sí, que estábamos en un hostal!! Solo había un problema, la única habitación que tenía estaba en obras y deberíamos esperar unas horas antes no pudiera adecentarla un poco. Ningún problema dijimos, nos esperamos! aunque por dentro pensamos que menudo fastidio ya que nos habíamos imaginado la ducha fría y tumbarnos en una cama limpia. Teníamos que esperar tres horas y decidimos ir a comer algo.

 

En la calle vimos un tenderete improvisado con unas mesas bajo un toldo donde podríamos comer, hicimos acopio de unos falafels y shawarmas deliciosos, acompañados como no de unos pimientos en vinagre picantes como el fuego y nos engullimos en un santiamén. Deambulamos por el pueblo deseando que pasaran las horas para poder retirarnos a nuestros aposentos, fuimos hasta la pensión y nos dijeron que debíamos esperar una horita más. Fuimos espectadores durante unos minutos de cómo funciona una casa judía por dentro. La pareja de unos 30 y pocos años, tenía 6 hijos, todos ellos estaban en la casa merodeando, arriba y abajo.

 

Por fin nuestra habitación estaba lista y pudimos comprobar como era un auténtico lujo, nueva, con vistas al desierto, un jardín con tumbonas, nevera con leche fría... 

 

Pasamos la mayor parte de la tarde ahí y después salimos a cenar algo, entramos en un lugar donde no había nadie, en la televisión había un especial de los 70 años de independencia de Israel, el especial ofrecía imágenes de desfiladas militares con el primer ministro Netanyahu en plan cerimonioso, todo tenía un aire noventero curioso, tengo que reconocer que me gustó.

 

Después volvimos para la pensión donde dormimos plácidamente, mañana nos dirigimos al sur.

 

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