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Jerusalem, una ciudad mágica...

Nos despertamos pronto y salimos a desayunar, encontramos un horno de pan en una zona que todavía vivía los últimos coletazos de los jóvenes que habían saboreado los placeres ocultos de la noche de Tel Aviv.

Sin más romances volvemos al hostal donde ya teníamos preparadas las bicicletas y todo el equipaje. Nos comenta la chica de recepción que será difícil encontrar transporte hasta la noche pero somos gente de suerte, y nos vamos pensado que creer que sí será el mejor augurio para conseguir un medio que nos lleve hasta nuestro destino.

Nos adentramos por Levinski y luego siguiendo las indicaciones del gps llegamos hasta la zona donde deberían estar los mini buses, preguntamos a un hombre si sabe si hoy sale algún bus hacia Jerusalem y nos indica con el brazo que probemos un poco más adelante.

Acabamos de llegar a la estación, preguntamos y nos indican con el brazo que debemos seguir hacia adelante, de repente ... Jerusalem Jerusalem Jerusalem!!!! y un mini bus, lleno de gente, con solo dos plazas, las últimas, disponibles para nosotros. Metemos como buenamente podemos las bicicletas y equipaje en la parte trasera y nos sentamos en las dos plazas posteriores, una vez más la suerte nos sonríe.

Durante el trayecto nos dormimos, dejando pasar por nuestras cabezas sueños de una vieja ciudad que fue cuna de las religiones más importantes del planeta, una ciudad de piedra amarilla, de luz mediterránea, bulliciosa...

Una hora y algunos minutos después nos despertamos entrando en Jerusalem, nuestro destino. No tenemos lugar donde dormir y decidimos perdernos por sus calles hasta encontrar una pensión que cumpla con lo básico, un lugar para dormir nosotros y nuestras bicicletas.

Nos habían dicho en la embajada de Espanya en Israel que evitásemos la zona de Jerusalem Este y especialmente la Puerta de Damasco, siendo esta lugar el de los últimos atentados. Eso automáticamente generó un extraño magnetismo que nos llevó justamente delante de dicha puerta, nuestra ventana tenía unas vistas preciosas del barrio musulmán, el ambiente estaba garantizado!

Empezamos nuestros andares por el mercado, entrando por la puerta de Damasco y teniendo la certeza que nos encontrábamos en lugar sagrado, para muchos, la meca de su religión. No en vano, en Jerusalem, se juntan los puntos más importantes del Cristianismo, Judaísmo e Islam, siendo respectivamente, la Tumba de Jesucristo, El muro de las lamentaciones y la Explanada de Las Mezquitas.

El mercado nos transportó de inmediato a nuestros recuerdos morunos de anteriores viajes a Marruecos, olores, gritos de los mercantes, bullicio, y un toque particular de Israel, dos ejércitos, el Israelí que custodia toda la ciudad metralleta en mano, y el Jordano, que controla las zonas musulmanas.

Teníamos los puntos a visitar claros, el primer día nos centramos en pasear por los mercados, ver el ambiente, subir a los tejados de bóvedas de barro desde donde espiar a los transeúntes que compraban en las ajetreadas paradas. Las vistas eran magnificas, miraras donde miraras miles de años de historia bajo cúpulas doradas, iglesias católicas, sinagogas... no había duda que pesaba en el ambiente la tremenda trascendencia que tiene esta ciudad, su historia pesaba como una losa sobre nuestros pensares imaginando al mismo Jesucristo paseando por sus calles de niño, y para los más místicos, Alá subiendo desde la Explanada de las Mezquitas hacia el cielo.

No había duda que Jerusalem es una de las ciudades más bonitas del mundo, no solo su historia sino su arquitectura, su complicada coyuntura religiosa, política la hace aún más viva, sus calles adoquinadas, su mercado, su mezcla de gentes diametralmente opuestas en pensamiento, su gastronomía...

Jerusalem se divide en 4 barrios, el judío, el musulmán, el cristiano y el armeno. Todos tienen su carácter personal y lugares santos, si existe un grado de religiosidad este sería el máximo. Devotos de las 3 religiones peregrinan para orar y sentirse lo más cerca posible de sus respectivos dioses y religiones, el ambiente lo transmite así, es un lugar Santo incluso para los que no creemos todavía en nada más que en lo que los libros de ciencia nos contaron.

Fueron dos días intensos. No dejamos nada por ver, ni por probar.