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En busca del Mar Muerto...

Nos despertamos pronto, preparamos las bicicletas nuevamente y nos dirigimos a la estación donde debíamos coger el autobús que nos llevaría hasta Beer Sheva, la ciudad más importante del sur de Israel, cruce de caminos.

Entramos las bicicletas en el bus y de nuevo nos invadió el sueño, que aposentó nuestros recuerdos de Jerusalem en lo más hondo de nuestro corazón. Recordamos las calles repletas, las campanadas cristianas que se confundían con los cantos musulmanes, los Rabinos paseando por las calles y plazas del barrio Judío, el modesto pero precioso barrio Armeno, los olores, los ruidos, ...

Habíamos llegado y preguntamos donde salía el autobús siguiente que nos tenía que llevar hasta el origen de la ruta, en Arad, o agad como se pronuncia en hebreo. Sin perder demasiado tiempo por miedo a perderlo nos personamos en la plataforma de donde salía, de nuevo bicicletas al maletero y una horas más tarde ya estábamos en Arad, ahora sí, listos para nuestra nueva aventura.

Habíamos dejado para Arad comprar agua, íbamos ya cargados con nuestras alforjas con las cosas necesarias e imprescindibles para todo viaje en bicicleta, que si ropa de calor, ropa de frío, algún recambio para las noches, tienda, sacos, esterillas, cámaras, herramientas, ... pero sin duda nos quedaba la estrella de toda ruta por el desierto, el agua. Nos cargamos con 15 litros de agua entre los dos y emprendimos la marcha en dirección al mar muerto, nuestra primera parada y donde pasaríamos noche si todo iba según previsto.

Habíamos visto que a orillas del mar muerto, justo después de la bajada desde Arad, había una gasolinera. El plan era comer ahí y beber tanta agua como pudiéramos de manera que se acumulase en nuestros cuerpos y no restase del agua que llevábamos para esos días.

La bajada resultó ser de lo más placentera, una carretera que serpenteaba dirección este y que a los pocos km enmarcó a lo lejos, el mar muerto, que veíamos por primera vez. Cuando ves alguna cosa por primera vez, se produce una especie de momento mágico donde no puedes dejar de contemplar lo que tienes delante, un lugar quizás que hayas imaginado y que la mayoría de veces dista de lo que fueron tus pensamientos. En este caso, el mar muerto se mostraba precioso, ahí abajo, custodiado por la grandes montañas de Jordania que, desde el otro lado, daban paso a un nuevo país.

Llegamos a la gasolinera y compramos unos bocadillos y una botella de agua que nos bebimos un poco de manera forzada. A lo lejos vimos que se acercaba un cicloturista cargado hasta los topes. Al llegar a nuestro lado bajó de su bicicleta y vimos que era un hombre de avanzada edad. Resultó ser un misionero polaco que predicaba la religión Católica en Uganda y que venía desde ahí en una peregrinación hacía El Vaticano, un viaje lleno de peligros y aventuras que nos contó con esmerado detalle. Luego nos preguntó curioso por nuestro viaje, le dijimos que justo empezábamos y que lo nuestro sería algo más corto, unos 10 días y que teníamos pensados cruzar el desierto de Negev,

- por la carretera claro? - preguntó el tipo,

- no no, queremos cruzarlo por dentro, perdernos en sus laberintos de wadis y valles arenosas...

- Pero eso no es posible! cargados como vais no vais a poder! son muchos km y este desierto tiene desniveles muy fuertes!

Vaya, justamente lo que no necesitábamos, argumentos para dejar la idea del desierto y hacerlo por la carretera asfaltada que era por la que él había llegado.

Estábamos infravalorando la dureza del desierto? Era quizás una tarea demasiado alocada y dura?

Nuestra ruta tenía un problema, no había marcha atrás, una vez te adentrabas en el desierto la única salida era volver sobre tus pasos, siendo el punto más crítico, justo la mitad puesto que tienes dos días por delante y por detrás hasta el lugar civilizado más cercano.

También nos advirtió que él bebía 6 litros diarios de agua, y que su ruta era totalmente plana, la nuestra tenía 200 km de desierto y unos 4000 m + hasta el siguiente punto de aprovisionamiento. Los queríamos hacer en 3 días. Vamos a echar unos cálculos rápidos.

6 litros dia x persona x 3 días = 18 litros por persona.

Nosotros llevábamos 15 para los dos... Error de cálculo? Bueno no somos nuevos en esto de viajar por el mundo en bicicleta pero si por un desierto en semejantes condiciones.

El aviso del misionero nos puso en alerta y decidimos comprar un litro y medio más, luego emprendimos la ruta con los nervios a flor de piel. Qué nos depararía el desierto? Será tan duro como nos avisaron? Será el calor tan fuerte como intuimos? Habrá algún problema mecánico, de navegación? Solo nos quedaba una opción, probarlo.

La pista salia unos metros más allá, eran las 3 de la tarde y ya habíamos hecho unos 30 Km, nos quedaban otros 30 más. Los primeros kms eran por una pista llana, las vistas eran preciosas, pista de arena y rodeados de pequeños montículos a lado y lado. El calor empezaba a ser asfixiante y sudábamos de lo lindo. Los pensamientos se dirigían a las palabras del misionera, "necesitaréis 6 litros de agua por persona", nosotros llevábamos 3, justo la mitad, teníamos que racionar el agua, eso estaba claro. Entramos de repente en un wadi precioso. Un wadi es una formación cárstica originada por la erosión de cauces de río y por el viento, son corredores cerrados con paredes altas a ambos lados que discurren por el desierto. Nosotros nos encontrábamos dentro de uno de ellos.

Los kms se sucedían y el sudor no paraba de brotar, debíamos estar a unos 40 grados y eran las 4 de la tarde. Una pequeña pendiente nos sacó del wadi y nos levantó unos pocos metros hasta un altiplano desde donde la vista era preciosa. Paredes de arena por todos lados, vistas infinitas... Seguimos dirección sur este hasta llegar a una gran explanada donde había un cruce de caminos. Cogimos el que salía dirección oeste por donde seguía nuestra ruta.